Mi padre se fue hace once meses. Se fue, pero nunca ha estado tan presente. Lo encuentro en cada decisión que tomo, en mi forma de abordar un proyecto, en el respeto que tengo por cada oportunidad. Su legado no es una colección de recuerdos, sino una filosofía de vida, una fuerza invisible que me acompaña.
Una lección importante que me dejó, la que ha moldeado mi camino, es que la verdadera grandeza no reside en el deseo de ser perfecto, sino en la búsqueda constante de la excelencia. Y es esta lección la que ha cambiado mucho para mí. Hoy me gustaría compartirla con ustedes.
Una lección que cambió mucho
Mi padre encarnaba esa excelencia tranquila en el día a día. Tenía esa firmeza serena que imponía respeto, pero también un corazón inmenso que atraía la confianza. En su mirada no había lugar para la mediocridad, pero tampoco había juicio: solo el deseo de hacer las cosas bien, siempre.
Con él, los errores nunca eran fallas irreparables. Eran aprendizajes. «Si cada vez que te equivocás aprendés algo, ya no es un error; es una lección», repetía. Es pensando en él, y en esta filosofía, que hoy entiendo lo que realmente significa la palabra excelencia. Crecí con esta idea, sin saber que era eso, hasta el día en que mi padre me reveló la diferencia fundamental entre dos nociones que muchos confunden: el perfeccionismo y la excelencia.
La primera vez que capté el alcance de esta idea, tenía diecisiete años, un trabajo que tomaba muy en serio. Era joven, pero ya estaba animada por el deseo de hacer las cosas bien, de dar lo mejor de mí. Seguía los procedimientos al pie de la letra, me esforzaba por entender cada detalle, y mis resultados superaban los de los demás.
Un día, mi jefe me dijo: “Sos demasiado perfeccionista”. Yo no entendí. ¿Cómo se podía ser «demasiado» motivada para hacer las cosas bien?
Le conté a mi papá. Él me miró con calma y me hizo una pregunta que cambió todo: ¿Estás haciendo todo esto para complacer a los demás, o para vos misma?
Respondí que lo hacía por mí, porque quería aprender, progresar, mejorar los resultados, y que estaba orgullosa de ello. Entonces me dijo una frase que marcaría mi vida para siempre: «No sos perfeccionista. Estás en camino a la excelencia».
Ese día entendí que el perfeccionismo es la presión de querer agradar a los demás, de cumplir con expectativas externas. La excelencia, en cambio, es un compromiso personal, un respeto profundo por lo que hacemos, por quienes confían en nosotros y por nosotros mismos.
Esta distinción, grabada en mi corazón por las palabras de mi padre, se convirtió en la brújula de toda mi vida profesional y personal.
Otras lecciones de vida de un padre excepcional
Mi padre me transmitió mucho más que esta diferencia fundamental. Me enseñó a observar, a crecer con cada experiencia. «Mira a tu alrededor», me decía. «Observa a los demás: sus formas de hablar, las palabras que eligen, los gestos que inspiran confianza». Observar se convirtió en mi escuela. Me nutría de los ejemplos que me rodeaban, con una sola idea en mente: crecer y mejorar.
Y luego, me reveló mi superpoder. Muy joven, entendí gracias a él que mi fuerza no era saberlo todo o dominarlo todo, sino reconocer rápidamente mis debilidades y rodearme de aquellos para quienes esas debilidades eran fortalezas. «Ahí es donde opera la magia», me explicaba, «cuando cada uno pone su valor único al servicio de un proyecto común».
Finalmente, mi padre me enseñó el respeto absoluto por cada oportunidad. «Respetá a quien te da una oportunidad», repetía. «No importa el monto del salario, si aceptaste trabajar por esa suma, te debés honrar esa confianza dando lo mejor de vos mismo. Porque a través de esa oportunidad, sos vos quien crece. Cada empleo, aunque sea modesto, es una escuela. Cada experiencia, aunque sea difícil, enriquece tu camino».
Un camino guiado por la excelencia
Armada con estas enseñanzas paternas, abordé cada etapa de mi vida profesional como una escuela de excelencia. Cuando miro mi camino hoy, no veo una línea recta, sino una sucesión de capítulos. Cada uno diferente, a veces incluso sorprendente, pero todos portadores de aprendizajes que me acompañan aún hoy.
El mundo de eventos: mi escuela de escucha
Mi paso por una marca de bebida gaseosa me sumergió en el mundo del marketing de eventos y proximidad. Fiel a las enseñanzas de mi padre sobre la observación, allí aprendí que detrás de cada producto hay una experiencia por crear, y que esa experiencia pasa por la escucha auténtica de los clientes.
Cada evento, cada activación, exigía esa capacidad de adaptación que él me había enseñado: jóvenes, familias, aficionados apasionados, escépticos… Entendí que el éxito no se basa en una fórmula única, sino en la flexibilidad y la observación. Observar las reacciones, ajustar el tono, crear vínculos: eso es lo que marca la diferencia, exactamente como mi padre me había mostrado.
En la comida rápida: el rigor al servicio del otro
La comida rápida, especialmente en una multinacional, fue una verdadera escuela de rigor. Allí apliqué concretamente el respeto por el trabajo que mi padre me había inculcado: cada minuto cuenta, cada detalle es esencial.
La estandarización de procesos me impactó, no como una limitación, sino como una forma de excelencia: no es solo una cuestión de eficiencia, es también una cuestión de respeto al cliente. No importa dónde entre, debe vivir la misma experiencia, sentir la misma atención. Esta experiencia me enseñó a conjugar rapidez y precisión, sin sacrificar jamás la calidad del servicio.
Esta etapa me dio una disciplina que apliqué en todas mis experiencias siguientes, siempre guiada por esa voz de mi padre: «Hazlo bien, porque quien te confía merece tu mejor».
En televisión: la creatividad nacida de las limitaciones
Mi entrada en un canal de televisión fue un momento decisivo. Esta experiencia ilustraba perfectamente otra lección de mi padre: la verdadera excelencia no siempre depende de los medios, sino de la creatividad y el ingenio.
Con pocos recursos, había que imaginar, inventar, improvisar. Y es en esas limitaciones donde a menudo nacía la verdadera innovación. Por cierto, había obtenido ese puesto gracias al enfoque que mi padre me había enseñado. A los siete años, soñaba con estudiar comunicaciones. No habiendo podido terminar mis estudios por falta de medios, había visto a mis antiguas compañeras de clase partir a hacer prácticas en este nuevo canal de televisión. Decidí ir yo también.
Me encontré con los responsables, les expliqué con pasión que quería trabajar con ellos. Propuse hacerlo gratis, convencida de que la experiencia valía más que todo. Me ofrecieron una pequeña cantidad que cubría mis gastos de transporte, y acepté con gratitud. Ocho meses después, estaba contratada como productora de televisión.
¿Por qué? Porque había elegido la excelencia tal como mi padre me la había enseñado: dar lo mejor de mí, respetar a quienes me daban su confianza, y formarme constantemente.
En multimedia: transmitir el legado
Cuando me uní a una compañía multimedia, mi rol tomó una nueva dimensión: ya no se trataba solo de aprender, sino también de transmitir, guiar, inspirar. Era la oportunidad de perpetuar el legado de mi padre. A los veinticinco años, era directora de producción y gestionaba dieciocho programas.
Dirigir un equipo significaba mantener estándares altos mientras daba a cada uno la posibilidad de crecer. Era un equilibrio delicado entre exigencia y benevolencia, exactamente como mi padre había sido conmigo. Debía tanto garantizar la calidad como crear resultados económicos sólidos, porque eso es lo que permitía a la empresa —y a los miembros del equipo— evolucionar.
Allí aprendí que el liderazgo no es solo dirigir, sino dar a otros la convicción de que ellos también pueden alcanzar la excelencia. Transmitir lo que mi padre me había dado.
El gran giro: empezar de nuevo con los valores
La humildad del recomienzo
Cuando llegué a Quebec, tuve la sensación de abrir una nueva página, pero también de tener que reescribir parte de mi historia. Aún no hablaba francés. Cada frase que intentaba construir me demandaba un esfuerzo enorme, cada interacción era un desafío. Había dejado atrás experiencias sólidas, responsabilidades importantes, pero aquí había que empezar todo de nuevo, en un idioma y una cultura que aún no eran míos.
Es en esos momentos que el legado de mi padre tomó todo su sentido. Su voz resonaba en mí: «Cada oportunidad merece tu respeto, cada experiencia es una escuela».
Mi primer empleo fue como profesora de español. Era una experiencia preciosa que me permitió conocer personas extraordinarias, colegas cálidos, estudiantes curiosos, con quienes compartí muy buenos momentos. Era consciente de que no era un destino final, sino un pasaje, una puerta de entrada. Y a pesar de todo, quería dar lo mejor de mí misma. Por eso seguí un diplomado en educación superior y docencia universitaria, para estar segura de honrar a mis estudiantes y transmitirles una experiencia de calidad.
En paralelo, acepté un empleo en una empresa de telefonía móvil. Fue una verdadera escuela: escuela de ventas, escuela de tecnología, escuela de humildad. Imaginen tener que atender a un cliente, escucharlo, responder a sus necesidades, mientras aprendía el idioma sobre la marcha. Cada día, me corregía, progresaba. Era exigente, a veces desalentador, pero increíblemente formador. Aprendía no solo a vender un servicio, sino a superarme, a reinventarme en un nuevo país.
En esos momentos, me aferraba a mis valores. Aunque aún no tenía las palabras para expresar todo en francés, sabía que la sinceridad, la humildad y el respeto podían entenderse en todos los idiomas. Es esa fidelidad a mis valores lo que me daba la fuerza para continuar, incluso cuando los obstáculos parecían demasiado grandes.
Respetando la lección de mi padre, honraba cada salario recibido dando lo mejor de mí, sabiendo que cada día me enriquecía más en experiencias.
El renacimiento a través del compartir
Para mejorar mi francés, me había impuesto una disciplina: escuchar solo televisión y radio en francés, leer cada día, anotar expresiones nuevas, repetir, reiniciar. Pero muy pronto, nació otra pasión de este esfuerzo: la de compartir lo que aprendía. Mi padre me había mostrado que el conocimiento crece cuando se comparte.
Comencé un blog, simplemente para escribir, para practicar, para poner en palabras lo que descubría. Luego descubrí Twitter. Lo que al principio era un espacio de expresión se convirtió en un verdadero trampolín. Encontré una comunidad, intercambié, aprendí de otros, y poco a poco, comencé a transmitir mis propios aprendizajes.
Compartir, para mí, no era una estrategia de visibilidad. Era una manera de ser fiel a mis valores: la generosidad, la gratitud y el deseo de ayudar a otros a crecer. No quería solo acumular conocimientos para mí, quería transformarlos en puentes, en herramientas, en fuentes de inspiración.
Poco a poco, lo que había comenzado como un simple ejercicio de idioma se convirtió en una carrera. Construí una empresa de marketing digital, acompañé a una cincuentena de clientes, di conferencias y formaciones en tres idiomas en una treintena de ciudades. Lancé mi blog —ese mismo donde están leyendo estas líneas— primero enfocado en marketing digital, hoy dedicado a la hotelería y hospitalidad, donde continúo compartiendo mis aprendizajes. También mantuve un blog de viajes que me permitió recorrer todo Quebec, descubrir la belleza y riqueza de cada región, y contar esos descubrimientos.
En paralelo, fui periodista web para un medio montréalais, y embajadora para una empresa tecnológica durante más de doce años. Este rol me dio acceso a formaciones de punta, a encuentros marcantes, a oportunidades que nunca habría imaginado. Gracias a este camino, tuve el privilegio de representar Quebec en París, Angers, Londres, Las Vegas, San Diego.
Siempre guiada por la enseñanza paterna: observar, aprender, compartir, alcanzar la excelencia.
La hotelería: cuando el legado encuentra su sentido
Y luego, después de todas estas experiencias, se abrió un nuevo capítulo: el de la hotelería. Hoy vivo esta aventura con la convicción de que todo lo que aprendí antes me preparó para esto. La escucha, el rigor, la creatividad, el liderazgo, el compartir: todas estas competencias adquiridas en universos tan diferentes encuentran su sentido aquí, en un lugar donde se acoge, donde se cuida, donde se crean experiencias memorables.
Es un nuevo capítulo, sí, pero no una ruptura. Es la continuidad de una filosofía de vida heredada de mi padre: buscar la excelencia en cada gesto, respetar a cada persona que nos confía, aprender sin cesar, compartir lo que sabemos y permanecer fiel a los valores.
En la hotelería, reencuentro la esencia misma de lo que mi padre me transmitió: el arte de cuidar a otros con excelencia, de honrar la confianza que se nos otorga, y de crear algo bello y memorable a partir de gestos simples pero sinceros.
La excelencia como filosofía de vida
Hoy sé que la excelencia no es un destino, ni un diploma, ni una posición jerárquica. La excelencia es una filosofía de vida transmitida por un padre excepcional.
Es permanecer fiel a los valores, incluso en el ruido del mundo. Es tener el valor de dejar un lugar que ya no nos corresponde. Es cultivar esa sed de aprender que nunca se extingue. Es reconocer que cada capítulo, incluso muy diferente de los anteriores, forma parte del mismo gran libro. Es respetar cada oportunidad como mi padre me enseñó.
Porque sin ese respeto a mis valores, todo lo demás perdería sentido. La excelencia no se mide solo en los resultados, sino en la alineación entre lo que hacemos y en lo que creemos. Es esta coherencia interior la que transforma un simple trabajo en vocación, y una carrera en camino de vida.
Pasé por la restauración, la televisión, la enseñanza, el marketing digital, y hoy, la hotelería. Todos estos mundos parecen alejados. Y sin embargo, forman una sola y misma historia: la mía, guiada por el legado de mi padre.
Un legado eterno
Cuando pienso en mi padre hoy, me doy cuenta de que su legado no se limita a recuerdos tiernos (que son muchísimos). Vive en mi forma de trabajar, en mi respeto profundo por cada oportunidad, en mi gusto por aprender sin cesar y compartir lo que aprendo. Vive en esta capacidad que me dio de transformar cada experiencia en aprendizaje, cada desafío en oportunidad de crecer.
Su voz resuena aún cuando debo tomar una decisión importante: «¿Lo hacés para complacer a otros, o para vos misma?» Esta pregunta continúa guiando mis decisiones, once meses después de su partida.
Su ejemplo de excelencia tranquila, de firmeza benevolente, de respeto absoluto por el trabajo bien hecho, continúa iluminando mi camino. Cada día trato de honrar este legado precioso que me legó.
Un mensaje de esperanza
Entonces, si tuviera que dejar una sola idea a quien lee estas líneas, sería la que mi padre me transmitió:
La excelencia está a tu alcance. No depende de un título, de un salario o de un diploma. Depende de tu elección, cada día, de dar lo mejor de vos mismo, de honrar a quienes te confían, y de transformar cada etapa en aprendizaje.
Y si un día dudás, recordá esta verdad que mi padre grabó en mi corazón: el perfeccionismo vive bajo la presión de otros, pero la excelencia florece en la libertad de ser uno mismo, fiel a sus valores.
Ahí reside la verdadera grandeza. Eso es el legado de un padre que continúa guiando a su hija, incluso desde el más allá. Eso es el más bello regalo que me dejó: la capacidad de transformar cada día en una oportunidad de alcanzar la excelencia, no para impresionar al mundo, sino para honrar la confianza que depositó en mí.
Papá, te fuiste mientras yo estaba en el avión camino a verte. No llegué a tiempo para decirte adiós en persona, pero sé que escuchas estas palabras. Tu enseñanza continúa dando frutos. Cada día trato de ser digna del legado extraordinario que me transmitiste.
Artículo original en francés: https://www.valerialandivar.ca/difference-perfectionnisme-excellence-lecon-pere
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