Pasamos mucho tiempo esperando, muchas veces sin siquiera darnos cuenta, convenciéndonos de que esa espera está justificada, que incluso es necesaria, porque parece estar vinculada a una forma de prudencia, de rigor o de deseo de hacer bien las cosas.

Esperamos estar listas, tener más claridad, entender mejor, reducir los riesgos o sentir que por fin se dieron las condiciones. Y a veces esa espera toma una forma todavía más sutil: la de una validación implícita que esperamos recibir desde afuera, como si alguien tuviera que venir, en algún momento, a confirmar que la dirección que estamos considerando es la correcta.

En principio, esta postura parece razonable, incluso profesional, porque se apoya en la idea de que las mejores decisiones se toman con más información, más perspectiva y más certeza.

Pero en la realidad, esa lógica muchas veces produce el efecto contrario al que buscamos. Porque al intentar eliminar la incertidumbre antes de actuar, terminamos dejando ciertas decisiones en suspenso, ciertas ideas en estado de reflexión y ciertas direcciones en estado de intención. Y eso crea una forma de inmovilidad que cuesta identificar, pero que es muy real.

Nada está realmente bloqueado, pero nada avanza tampoco. Y es precisamente ahí donde vale la pena observar algo con más atención: no del lado de las limitaciones o de las circunstancias, sino del lado de nuestra manera de posicionarnos frente a ellas.

Las historias que sostenemos sin cuestionarlas

No vivimos únicamente en hechos objetivos, sino también en interpretaciones que construimos de manera continua, muchas veces de forma automática, y que toman la forma de historias internas a través de las cuales le damos sentido a lo que vivimos.

Esos relatos influyen profundamente en nuestra manera de pensar, de decidir y de actuar, porque instalan marcos invisibles que orientan nuestras reacciones, nuestras elecciones y nuestra percepción de lo que es posible o no.

Algunas de esas historias nos llevan a creer que los acontecimientos están determinados principalmente por elementos externos, ya sean las limitaciones, las decisiones tomadas por otras personas, el contexto o las circunstancias. Y eso, poco a poco, nos coloca en una postura en la que soportamos más de lo que actuamos.

Otras, en cambio, introducen un matiz mucho más constructivo: reconocen que hay cosas que efectivamente escapan a nuestro control, pero se niegan a concluir que todo se nos escapa. Y eso permite conservar un espacio, a veces estrecho pero real, en el que todavía puede ejercerse una forma de responsabilidad.

Y es en ese espacio donde la reflexión se vuelve realmente útil, porque permite distinguir entre lo que requiere aceptación y lo que requiere acción.

Situación o problema: una distinción que cambia la postura

En el lenguaje cotidiano, usamos con mucha facilidad las palabras “situación” y “problema” como si fueran intercambiables, cuando en realidad remiten a realidades profundamente distintas y exigen respuestas que tampoco son iguales.

Una situación corresponde a una realidad con la que hay que aprender a convivir, algo que existe independientemente de nuestra voluntad y que no podemos transformar de manera directa. Puede tratarse de limitaciones estructurales, decisiones ya tomadas o límites objetivos. En ese caso, la energía invertida tiene que orientarse hacia la adaptación y no hacia la resistencia.

Un problema, en cambio, tiene una solución, aunque esa solución sea imperfecta, incómoda o exigente. Y por lo general demanda una forma de coraje, de claridad o de toma de posición que a veces preferimos evitar.

La confusión aparece cuando llamamos “situación” a lo que en realidad es un problema cuya solución nos incomoda. Pasa, por ejemplo, cuando hay una conversación que debe darse, una decisión que debe tomarse, un límite que debe marcarse o un ajuste que ya se volvió necesario.

En esos momentos, la solución no está ausente. Lo que pasa es que resulta incómoda. Y es precisamente esa incomodidad la que nos lleva a redefinir la naturaleza del problema.

Reconocer esta dinámica permite recuperar una forma de poder, devolviendo la reflexión a una pregunta simple pero estructurante: ¿estoy frente a algo que tengo que aceptar, o frente a algo que puedo transformar?

La gramática del liderazgo: del “pero” al “y”

Hay palabras discretas que, aun así, influyen profundamente en nuestra manera de pensar y, por lo tanto, en nuestra manera de actuar, porque estructuran los vínculos que establecemos entre nuestras intenciones y nuestras limitaciones.

Cuando usamos “pero”, como en “quiero hacer crecer mi empresa, pero me faltan recursos”, creamos una oposición implícita en la que la segunda parte de la frase termina limitando, o incluso anulando, la primera. Es una manera de llegar a una conclusión antes de haber llevado la reflexión hasta el final.

En cambio, cuando reemplazamos ese “pero” por un “y”, la frase pasa a ser: “quiero hacer crecer mi empresa, y me faltan recursos”. Los hechos siguen siendo exactamente los mismos, pero la postura mental cambia profundamente, porque el “y” permite sostener dos realidades al mismo tiempo sin que una anule a la otra.

Ese pequeño matiz obliga a pensar distinto: no desde la búsqueda de eliminar las limitaciones antes de actuar, sino desde la disposición a avanzar a pesar de ellas. Y eso refleja mucho mejor la realidad de los roles de gestión y dirección, donde las tensiones, los límites y los objetivos conviven de manera permanente.

Elegirse: una decisión más exigente de lo que parece

La mayoría de nosotras fuimos acostumbradas a movernos dentro de sistemas donde la validación viene desde afuera. Y eso hace que esperemos ser elegidas para una oportunidad, un proyecto o una evolución, sin darnos siempre cuenta de hasta qué punto esa espera estructura nuestra manera de pensar.

Elegirse, en este contexto, no significa ignorar a los demás ni actuar sin discernimiento. Significa tomar una decisión más exigente: confiar en una misma antes de que los demás lo hagan. Y eso implica aceptar un cierto nivel de incertidumbre y de responsabilidad.

Significa empezar sin validación completa, sostener una idea antes de que sea reconocida, tomar decisiones que no van a ser confirmadas de inmediato por los resultados, y aceptar que la confianza no siempre precede a la acción, sino que muchas veces se construye a través de ella.

Esas decisiones rara vez son visibles en el momento, pero con frecuencia son las que terminan definiendo una trayectoria.

Lo que realmente importa

Más allá del rendimiento, hay otra pregunta que vale la pena hacerse, no de manera abstracta sino muy concreta: ¿lo que estoy haciendo tiene un impacto real en alguien más además de mí?

En los oficios de la hospitalidad, esta realidad se ve rápido, porque la experiencia vivida depende tanto de los detalles como de las estructuras, tanto de la intención como de la ejecución. Y eso deja en evidencia que, muchas veces, son los gestos más simples, cuando están guiados con precisión y sentido, los que marcan la diferencia.

Esta lógica va mucho más allá de un sector de actividad, porque toca la manera en que cada persona elige presentarse en su trabajo, en sus decisiones y en sus interacciones.

A lo largo de los últimos años, confirmé que algunas de las decisiones más importantes nunca se toman en condiciones ideales, y que esperar a tener todas las respuestas muchas veces solo sirve para postergar lo que tiene que hacerse, sin mejorar realmente la calidad de la decisión.

En un rol de dirección, pasa con frecuencia que una tiene que avanzar con una visión lo suficientemente clara como para actuar, mientras al mismo tiempo gestiona incertidumbres, limitaciones operativas y reacciones que no siempre son previsibles. Por eso, esperar un momento perfectamente alineado puede parecer tentador, pero también es profundamente irreal.

En esas situaciones, la tentación de esperar más claridad es fuerte. Pero cuanto más esperamos, más la inacción se convierte, ella misma, en una decisión, con sus propias consecuencias.

Y es justamente en esos momentos cuando elegirse cobra todo su sentido, porque no se trata de actuar con certeza, sino de actuar con la claridad suficiente para avanzar, aceptando que no todo va a estar bajo control.

Donde todo empieza de verdad

La transformación no necesariamente empieza con un plan perfectamente estructurado, sino con una pregunta más simple y más exigente: ¿cuál es la próxima acción que puede mejorar la situación actual?

Las trayectorias rara vez cambian en momentos espectaculares. Cambian en decisiones progresivas, asumidas, que crean movimiento con el tiempo.

El movimiento no empieza cuando todo está claro. Empieza en el momento en que una decide avanzar sin esperar a que todo lo esté.


Este artículo es una adaptación en español de la publicación original en francés. Si querés leer la versión completa en su idioma original, encontrás el enlace aquí: https://www.valerialandivar.ca/se-choisir-soi-meme/